INTRODUCCION DEL AUTOR: RICARDO GALLIPOLI

Terminé de escribir Ultimo Invierno en Itaca en 2003. Ahí nomás, a los pocos días de haber revisado el primer manuscrito comencé a corregir una prueba. El trabajo me llevó seis meses pero, de aquel original de seiscientas mil palabras, resulto una novela de unas trescientas mil, aproximadamente. La versión que presento es el resultado de una tercer revisión, corregida por mí.


Mi primera opción y deseo era poner el original revisado en manos de un agente literario argentino. En este punto debo aclarar que tal cosa no existe en nuestro país. Por lo menos en el sentido romántico literario con el que se los identifica tanto en películas como en la literatura anglosajona. Los que se auto nombran de esa manera y aparecen en algunos listados del Google, son miserables cagatintas que, o pertenecieron a la planta estable de una editorial multinacional, o simples rótulos que ocultan fines o propósitos incognoscibles. Las editoriales iberoamericanas, que deberían nutrirse de las letras y vivencias de los hombres y mujeres que les compran el producto y son a quien deberían representar, están obsesivamente abrumadas publicando traducciones de éxitos mundiales. El espacio que queda en el fondo del baúl, esta ocupado por los reconocidos escritores latinos que lograron saltar la valla. En todo caso, causas, motivos, oportunidad y meritos, no vienen al caso.

No pertenezco a ningún cenáculo literario. No formo parte de ninguna corte de aduladores. No soy familiar o amigo de algún ejecutivo editorial, por lo tanto no he sido editado nunca en papel. He debido conformarme con dar mis cosas a amigos que, a la postre, forzaron la decisión de publicar esta novela valiéndome de este soberbio medio de comunicación. Aquí estoy entonces, dejando mi novela, escrita en castellano-argentino, a tu  consideración.

Agradezco a cada uno de los que me impulsaron. A Matías, mí hijo, que transformó en posible esta pagina. A Marta, mí mujer, por ser mi primera lectora, correctora y critica. A cada uno de ellos mi amor eterno.


Espero que disfruten la historia del Doctor, Elsa, Zaralegui, Benedicto, el Sr. Ferro y todos los otros.


Un par de consideraciones finales: La entrega será de un capitulo o dos cada diez días, aproximadamente. Al final de cada entrega, hallaras un área para comentarios que espero utilices.

El ingreso a este sitio www.ultimoinvierno.tk es absolutamente gratuito.

Los hechos, personajes  y situaciones de esta novela, son imaginarios. Ningún individuo o institución señalada se corresponde con la realidad y pertenecen en un todo al contexto de la presente obra  literaria. Si existiere alguna correspondencia entre hechos, personajes y/o personas vivas o muertas, es solo coincidencia.


La presente obra literaria se halla protegida internacionalmente y ha sido inscripta en Argentina bajo el expediente N° 266262 en la DIRECCIÓN NACIONAL DEL DERECHO DE AUTOR
 
BIOGRAFIA DEL AUTOR

Nací el 4 de marzo de 1952 en Buenos Aires, República Argentina

Me crié y estudié en Lomas de Zamora, una ciudad del Gran Buenos Aires situada a once kilómetros de la Capital.

Trabajé en empresas periodísticas, publicitarias. Fui corrector de estilo y escritor en las sombras, pero no me arrepiento de nada.

A partir del 24 de marzo de 1976 tuve que declinar mis aspiraciones literarias con el objeto de mantenerme mas o menos vivo. Tuve que sobrevivir. No dejé de escribir nunca. Pero había que alimentar la familia y dejar pasar el tiempo. No acepté formar parte de la Sociedad de Escritores. Después de haber sido invitado a una reunión en la que me fue permitido, de manera totalmente inadvertida, comprobar el talante la textura y aspiraciones de las letras de mi provincia. Salí corriendo allí. Si buscan en el sitio www.literareafantastica.com.ar. Hallaran algo de lo mío en la sección apócrifos; La leyenda del Necronomicon, y en la sección cuentos; Mister Onnov. Para muestra sobra un botón.

De cualquier manera, en el improbable caso que alguien deseara saber algo más, o conseguir material no publicado, puede hacerlo escribiendo a mi casilla de mail: ricardogallipoli@argentina.com.

 
ADELANTO CAPÍTULO UNO
 
“Desde el principio nunca hubo otra cosa que el caos”
Henry Miller

Debido a un delicado rasgo de su personalidad, Benedicto de Médicis prefirió esperarme a una cuadra del tugurio. Lejos de la cama donde se moría la mujer por la que nos encontrábamos cada tres tardes. Benedicto y la sífilis de su compañera eran una buena razón para escapar hacia el bar El Crucero, en la esquina de La Pampa y Constituyentes. Ahí adentro, protegido de la indecencia del sol de las tres de la tarde, esperaba mi amigo. Sentado a la mesa central del apocado salón de piso ajedrezado, dejándose golpear la espalda por las sombras violetas de los tilos, cafetos y paraísos, plantados alrededor del bodegón con el criterio selectivo de un loco pelotudo. Benedicto esta solo, encorvado y llovido de nariz sobre la tabla cerosa de la mesa. En ese bar, como en la letra de algunos tangos, los hombres exudaban ciertas miserias de vino que se iban quedando pegadas a las baldosas percudidas del piso. Un vapor de tiempo digamos, que no lograba escaparse por la puerta. Una pelusa fosforescente que se le acercaba a Benedicto por detrás, lo rodeaba y le sacaba brillo a la pelada. A último momento había decidido trasladar a la mujer enferma lejos de su kilombo de Avellaneda y en perpetua actitud vigilante, dejaba llegar las horas en ese sitio aplanado, crepitante y amargo; Su zona atálgica.

El sol barre horizontal el ámbito secreto del bodegón con un dorado de otoño. Azula las sombras y crea una zona fresca de penumbras sobre las cabezas. Una chatura de columnas decapitadas y sillas de patas cortas, exagerada por las tibias de mamboretá de mí amigo. --Se pasa uno la vida cargando la culpa como un pedazo maldecido del cuerpo. Y un día, caga fuego. Y a la mierda la vida, la culpa y la puta madre que nos parió. Si lo mira bien, es un alivio por que fíjese, fíjese en este mundo de mierda zarandeándose de una manera, que uno no se explica como no se va al carajo de una vez. Y no hay donde esconderse. Yo que me he considerado toda la vida como un turro irremediable. Me descubro rodeado de pelotudos en un callejón sin salida. Sorprendido y apretado contra la pared. Un desperdicio de inteligencia y remordimientos.

Benedicto tenia una expresión para disimular la pena, pero parecía la mueca de un perro rabioso. Tomó aliento y se zampó el resto de la caña que aceitaba el culo del vasito mirándome por primera vez con sus pupilas brillantes y satisfechas. El licor se filtró por las orillas de la lengua y él la chasqueó con deleite alargando el regusto dentro de la boca. Apretó los párpados y le brotaron dos lagrimas como piedras de las que pareció brotar el inhumano aroma del café recién molido. Después, con la languidez de un monarca en el exilio, dejó el vaso en la mesa y se sonó ruidosamente la nariz.

Escucharlo a Benedicto situaba mi mente al pairo de los pensamientos que me soplaban del Oeste. El matiz deliciosamente canalla de su voz producía un desgarro en la tela de mierda consistente que tejía mí cerebro. Por un rato, prefería flotar en el caldo coagulado de su mente. Sin embargo, la voz de Elsa hendía los ojos de aceite de ese océano de desencanto con su lustrosa aleta. ¿Su voz?. No. El ámbito brumoso de la habitación del hotelito. La lluvia arrastrándose sobre el cristal de la ventana como una babosa. La curva de su hombro cubierta de pelusa que parecía despegarse de su piel iridiscente. Mis ojos están ahí también, intentando capturar el instante que se desvanece antes de consolidar. Elsa se hallaba sobre mí. Penetrada profundamente. La rodaja tiesa del pezón entre mis labios. Meciendo el torso en ondas que tragan. Su pelvis palpitando al golpe de la sangre que le inflamaba los labios de la concha. De golpe se endereza. Adelanta la cabeza como un insecto e intenta dejar de retorcerse. Ahí están sus ojos como dos pozos, su boca hormigueando saliva brillante sobre la mía, la rumorosa afonía de su voz; --¿Y si lo liquidas? --. Me dice a mí, que apenas era mis manos y mí poronga. --¿Y si lo liquidas? --. Le pregunta al pedazo vació en mi cerebro. Un hueco que yo estaba llenado con las indelebles impresiones que me provocaba su carne. La frase me despabiló como un martillazo. Elsa detuvo el meneo y acercó la boca hasta rozar mis labios con el vaho azafranado y tibio de su aliento -No te asustés, no fue nada--. Selló con un quejido. Después se incorporó como desperezándose y reinicio el movimiento de ondas concéntricas en cuyo eje pivotaba mi verga. Su delicioso culo continuó chasqueando rítmicamente sobre mis piernas. El tajo de su concha, era un ano, y una boca apretando, lamiendo, succionando, destilando glóbulos de magma ácido sobre mi pene. Yo era chico cuando la soñé caminando hacia mí desde el fondo de la calle. Elsa era la matriz de un sueño universal que uno siempre amputa para que no duela. Elsa era la remota posibilidad de abolir la soledad. Estaba ahí conmigo, en el momento justo, y por eso la amaba como un caballo. Por eso la cogía cada vez como si fuera la última. Por eso al principio no le daba mucha bola a las palabras. Siempre desconfié de las palabras. Debo haberle amasado las tetas mientras acabábamos, o mordido el cuello, o comido un pedazo de ella. Comerla, chuparle sus glóbulos de sangre y flujo deshilado. Comerla a Elsa. Cogíamos con hambre de carne que duele de jugosa. Algo brillaba en la punta de su lengua como una lagrima de saliva mientras se le secaba el primer orgasmo en el paladar.

Zaralegui también estaba allí, pegado a los dos. Presente como un planeta deducido por la desaparición de la luz. A nuestro lado, mirando como mi berga jabonosa iba y venia dentro de su esposa. Zaralegui y su bigotito fino y su ajada camisa celeste. Con su cinto charolado, tan charolado y lustroso como la fornitura de la que pendía la cartuchera. Su sombra ominosa observaba con calma alucinada el estallar jugoso de la concha de su mujer como una rosa martillada sobre una bigornia.


En aquellos días de anunciación, Benedicto y yo nos relacionábamos emulando las fases planetarias. Él respondía y yo contestaba solo cuando nuestros ciclos propicios nos enfrentaban. Nuestra solidaridad se reducía al confinamiento en orbitas mas o menos concomitantes. Su mirada se perdía hacia el norte, la mía en el sur. En el medio se hallaba algo parecido a la verdad. Eso daba algún sentido y utilidad a nuestra amistad, no otra cosa. Me observaba con la benevolencia que le permitía un asco que en él poseía dimensiones cósmicas. En su rostro de caoba clara y contrariando una primera impresión de impasibilidad, acechaban los tigres rojos de sus pupilas apresadas entre dos colgajos de piel arrugada.. Su nariz aguileña abría sus agujeros desmesurados, estragados por la cocaína, sobre un bigote fino cuidado con afán científico. La boca era un tajo por el que asomaba una fila incompleta de dientes marrones y soldado a la comisura un 43-70 por la mitad. Benedicto.


Benedicto Giovanni de Santis nació con los ojos abiertos como el Buda, e inmediatamente fue desechado en la palangana por la matrona que provocaba el parto o el aborto según le fuera recomendado, junto con los restos de la placenta de su madre. Un altro hicco de puta; comentó su padre, parado a unos pasos de la cama y de la matrona en cuclillas. Come io, agregó afinando la idea, mientras observaba el brillo cetáceo del cuerpito apenas cubierto por el sudario sanguinolento, y emperrado en vivir con una avidez de magnitud equivalente a la que desplegaba su mujer para irse de una puta vez. Frío, añadiría Benedicto mucho después intentando explicar el rastro indeleble de su nacimiento. Un frío en las paletas, aclaraba, que no acaba de irse nunca. Su padre, un anarquista que terminó siendo buchón de la policía y murió acribillado una mañana yendo a comprar el diario, aceptaba la muerte inevitable de su mujer que escupía sangre por la vagina como una fuente. Consideraba la tragedia como una cabriola del destino, incluso aspiraba el humo de su Avanti escudándose en una mueca de cínico desdén. Lo inaceptable, lo que no estaba dispuesto a conceder, era que ese colgajo supurante que lloraba sin ahogarse en la palangana, eso que parecía mirarlo a través del velo de sangre coagulada, pretendiera contrariar el hedor de muerte que invadía la pieza del conventillo así nomás, como si nada. ¿Capicci?, le sugirió a la gruesa comadrona que sudaba los estertores agónicos de la parturienta. Después..., contestó sudando la gorda al hombre, desviando a la vista y sintiendo a un tiempo en las orejas el imprevisto sacudón de piedad que la llevaría a entregar la criatura casi muerta de frió y apenas cubierta por una sabana ensangrentada a la hermana de la muerta. Su Tía Beata, la mujer que le puso nombre y le pronosticó futuro de santo.

En la década del 60 Benedicto se consolidó como uno de los caralisa más célebre de Villa Luro. Un proxeneta con escudo y blasones de severa magnanimidad que custodiaba un serrallo de treinta mujeres de todo color y legajo. Una noche en el Dos Monedas de Morón, conoció al Comisario Inspector Netto. Este, con la mirada ablandada por las tetas de las mujeres de Benedicto, consintió cinco minutos de charla superficial e insípida con ese hombre flaco y serio que lo trataba de usted y le esquivaba el uniforme. Netto, al cabo, pareció interesarse vivamente por la actividad de Benedicto, incluso pagó la ronda de Whisky que los acercó al mostrador del tugurio. Desde allí, si se esforzaba lo suficiente Netto podía oler la mezcla de sobaco y desodorante que destilaban las yeguas en la improvisada pista de baile.

Netto, sumando contradicciones a las coincidencias, se hallaba de manera circunstancial en la Boite. Un amigo, un camarada, casi lo había obligado a acompañarlo y Netto, aparentemente, no pudo despegar de la invitación. Lo fortuito del encuentro con el Comisario Inspector Netto signaría el destino de ambos para siempre. Netto, y Benedicto a su manera, interpretarían cada acto posterior como un otro aspecto de la fatalidad. Un par de copas después Benedicto se sintió mas relajado y confío a Netto las características más penosas y menos pintorescas de su trabajo. Los cuidados a los que se obligaba con sus "obreritas". Cuidados que incluían, entre otras cosas, la protección del espacio laboral. En otras palabras, se sinceró, a veces se le hacia cuesta arriba llegar a la cuota que le exigía la comisaría para dejar yirar en paz a las chicas. Pero, él consideraba aquellos contratiempos como parte del oficio, letanió quejumbroso. No se quejaba sin embargo. Hacia lo que podía. Benedicto prendió un cigarrillo en el preciso momento en que Netto le dijo que podía ayudarlo. No solo conocía al Comisario de la zona, sino al oficial de calle. Gente de primera y de su confianza le dijo. Un poco ambiciosos, pero ese era un ángulo que alguien podía ajustar. Benedicto se lo agradeció con una inclinación de cabeza y un convite a catar la mercadería. La cabeza de Jabalí de Netto osciló sobre el cuello grueso. Le brillaban los pómulos recién afeitados cuando se recostó en el mostrador de formica para ver un poco mejor de que estaban hablando.

Netto probó la mercadería todos los días durante un mes y separó una santiagueñita de quince años a la que Benedicto rebautizó Carla. Carla, Carlita, ya en confianza le permitía a Netto enterrarle un garrote de la repartición en el ano hasta la mitad mas o menos mientras le lamía la cabeza del choto. Con su mano libre la criatura se hundía el tubo de goma sólida clavando sus ojitos cafés en los del policía. Le sonreía, le agradecía su bondad con lagrimas en los ojos. Incluso Netto, acababa llorando algunas veces. Carlita era una piba única y Netto parecía descargado y feliz. Otro hombre. Su mirada sesgada y lobuna, como por encanto, se hizo mansa, luminosa, casi humana. El Comisario Principal Agustín Netto se enamoró de la jovencita. Es cierto que se trataba de un amor fronterizo, a la manera de Netto. Un amor compuesto de tiempos y reglas inflexibles que Carlita consideraba sagradas. Un amor constituido por las caricias pesadas y los caprichos del policía que la muchacha se apresuraba a satisfacer. Un amor que duró hasta que Carlita le comunico a Netto que más o menos en seis meses se convertiría en el feliz papá de un bastardito morochito y llorón.

Todos en Villa Luro recordarían aquellos días. Netto se transformó en un demonio hidrófobo. La repartición, a su influjo, levitó quince centímetros. Desaparecieron la condescendencia y los indultos arbitrarios que el policía desde la llegada de la mujercita a su vida otorgaba por que sí, porque el día era soleado y la noche anterior Carlita y la puta madre que la reparió se había esmerado. Como por arte de magia se evaporaron del barrio los quinieleros, los expertos en salideras de banco, los levantadores de autos y los perros abandonados. Villa Luro por imperio de aquella noticia, se transformo de la noche a la mañana en un campo de trabajos forzados. Los agentes bajo su mando, vivían duros como palos o temblando como soretes en el viento mientras Netto patrullaba los patios embaldosados de la comisaría como un rinoceronte con un palo clavado en el culo.

Por unos metros, Benedicto consiguió escapar a Montevideo con su trouppe de obreritas, aunque no pudo rescatar a Carla de la pensión de la calle Bravo. Esa última tarde Benedicto permaneció cinco minutos hablándole sin dejar de mirar sobre su hombro, pero con poco éxito. La muchacha, con un idioma construido de pocas palabras y mínimos gestos, caminó hacia la ventana de la pieza y mirando hacia la calle apenas iluminada informó a Benedicto su decisión. Que se fuera tranquilo, le dijo, ella se iba a arreglar. Que por nada del mundo se movería de ahí. Benedicto aplastó el pucho en el piso, la miró por última vez, sopló desde el fondo de sus pulmones agujereados e hizo el intento final. Es admisible pensar que la mala elección de las palabras haya determinado el futuro, por que Carlita saludó los argumentos exhibidos por Benedicto mandándolo a la puta madre que lo parió, más o menos cuando Benedicto intentó obligarla a reflexionar respecto de la incompatibilidad que planteaba un hijo en el desarrollo y futuro de su oficio. O al alabar las bondades y simplicidad del aborto visto el desarrollo de la ciencia, o en el momento en que le recordó los potenciales, pero no por eso menos numerosos clientes que se perdía. De las pijas volantes que abandonaba al desierto, agregó poético, más la consecuente perdida económica que eso significaba. Ni el acopio de semejante elocuencia pudo convencerla. Puteó bajo Benedicto, inspirando las ultimas palabras con bronca y desencanto, después, cerró la puerta y escapó del pensionado rumbo al puerto, pegándose a las paredes que empezaban a desmoronarse sobre las chapas.

Netto apareció entrada la noche en la pieza y encontró a Carla recostada en la cama, sencilla y únicamente cubierta con el flamante camisón de florcitas celestes que él le regalara. Una franja de oscuridad tapiaba la mirada de Netto. Sentado al borde del colchón se desvistió con parsimonia acomodando las prendas sin un pliegue de más sobre la silla junto a la cama. Desnudo se estiró hacia atrás acariciando en el movimiento las piernitas flacas de Carla.
 


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